A partir del 28 de diciembre de 2025, una nueva ola de protestas estalló en todo Irán, provocada por las dificultades económicas y que se intensificó hasta pedir el derrocamiento del Gobierno. Se trata, como mínimo, del quinto movimiento de este tipo en una década, que se suma a las anteriores oleadas de disturbios laborales y resistencia feminista. Sin embargo, dentro de este levantamiento, los movimientos de base se enfrentan a monárquicos reaccionarios, en su mayoría radicados fuera de Irán, que buscan el apoyo de Estados Unidos e Israel para hacerse con el poder.
Todo ello en medio de una situación geopolítica tumultuosa. El Gobierno israelí ha intensificado los bombardeos sobre Gaza y el Líbano y la apropiación de tierras en Gaza, el Líbano y Siria; se está preparando para construir un asentamiento que dividirá Cisjordania en dos, con el fin de imposibilitar la creación de un Estado palestino. Estados Unidos acaba de secuestrar al presidente de Venezuela y a su esposa para apoderarse del petróleo venezolano, lo que demuestra su determinación de llegar a cualquier extremo para dominar a los pueblos tanto dentro como fuera de sus fronteras.
En el otoño de 2024, los manifestantes de Nepal y otros lugares demostraron que todavía es posible que los movimientos sociales derroquen gobiernos. Una revolución exitosa en Irán podría desencadenar una ola de cambios en todo el mundo. Pero si esa revolución fuera secuestrada por fuerzas reaccionarias, podría retrasar los movimientos de liberación otra generación o más.
Hay mucho en juego. Le debemos a los movimientos populares de Irán informarnos sobre ellos y apoyarles, tanto porque se enfrentan a una situación desesperada como para asegurarnos de que no llegue al poder un régimen títere al servicio de Israel y Estados Unidos. A continuación, presentamos tres perspectivas sobre el levantamiento de la última semana y media.
Informe sobre la actual ola de protestas en Irán
Este texto ha sido aportado por unx anarquista residente en Irán que está documentando e informando activamente sobre la situación actual. Debido a graves motivos de seguridad, prefiere permanecer en el anonimato.
Durante casi una década, la sociedad iraní ha sido testigo repetidamente de oleadas de protestas callejeras dirigidas contra el sistema político gobernante, la República Islámica. Si bien estas protestas han surgido como consecuencia de diferentes desencadenantes inmediatos, todas ellas tienen su origen en profundas crisis estructurales sin resolver —económicas, políticas y sociales— que siguen configurando la vida cotidiana en Irán.
A lo largo de estos años, la principal respuesta del Estado a la disidencia pública ha sido la represión sistemática. Los movimientos de protesta se han enfrentado sistemáticamente a la fuerza letal, detenciones masivas, encarcelamientos e intimidación generalizada. Lejos de resolver los problemas subyacentes, este enfoque ha contribuido a la acumulación de la ira pública y a un creciente sentimiento de injusticia en toda la sociedad.
Las protestas más recientes se desencadenaron inicialmente por el dramático colapso de la moneda nacional iraní y el grave deterioro de las condiciones de vida. La rápida devaluación del rial, combinada con la inflación galopante y la pobreza generalizada, ha empujado a amplios sectores de la población al límite de la supervivencia económica. Estas condiciones han llevado a muchos a concluir que la crisis no es temporal ni reformable, sino estructural e inseparable del sistema de poder existente.
A diferencia de episodios anteriores, las protestas actuales reflejan un nivel más amplio de conciencia colectiva. Las manifestaciones ya no se limitan a ciudades o grupos sociales específicos, sino que se han extendido simultáneamente por múltiples regiones, involucrando a diversos segmentos de la sociedad. Las reivindicaciones económicas se han transformado rápidamente en demandas explícitamente políticas, con manifestantes que piden abiertamente el fin del régimen autoritario y el desmantelamiento de la República Islámica.
Al mismo tiempo, parte de la oposición —sobre todo los grupos monárquicos— está intentando sacar partido del movimiento de protesta. A través de los medios de comunicación satélites y las plataformas sociales, estos actores tratan de presentarse como alternativas políticas viables, recurriendo a narrativas nostálgicas de la era prerrevolucionaria e intentando redirigir la ira popular hacia sus propios proyectos de poder.
Mientras tanto, la represión estatal se ha intensificado significativamente. Los informes indican que más de diez manifestantes han sido asesinados y cientos detenidos en los últimos días, aunque es probable que las cifras reales sean más elevadas. Las fuerzas de seguridad han ampliado el uso de la violencia, la vigilancia y las detenciones arbitrarias, lo que ha ejercido una enorme presión sobre los manifestantes y la población en general.
En general, la situación actual en Irán representa mucho más que un estallido espontáneo de descontento. Es señal de una profunda crisis de legitimidad, del colapso de la confianza pública en las instituciones gubernamentales y de una fase crítica en la confrontación entre la sociedad y el orden dominante. La trayectoria de este momento dependerá del equilibrio entre la resistencia social, la represión estatal y la capacidad de la población para organizarse de forma independiente, al margen tanto del poder estatal como de las fuerzas de oposición de la élite.
Protestas en Irán en pleno asedio de enemigos internos y externos: informe sobre el reciente levantamiento popular
El siguiente análisis es una contribución de Roja, un colectivo feminista independiente y de izquierdas con sede en París. Roja nació tras el feminicidio de Jina (Mahsa) Amini, coincidiendo con el inicio del levantamiento «Jin, Jiyan, Azadi» en septiembre de 2022. El colectivo está compuesto por activistas políticos de diversas nacionalidades y geografías políticas dentro de Irán, incluyendo kurdos, hazara, persas y otros. Las actividades de Roja no solo están relacionadas con los movimientos sociales en Irán y Oriente Medio, sino también con las luchas locales en París, en sintonía con las luchas internacionalistas, incluyendo el apoyo a Palestina. El nombre «Roja» se inspira en la resonancia de varias palabras en diferentes idiomas: en español, roja es el «rojo»; en kurdo, roj significa «luz» y «día»; en mazandarani, roja significa «estrella de la mañana» o «Venus», considerada el cuerpo celeste más brillante de la noche.
I. El quinto levantamiento desde 2017
Desde el 28 de diciembre de 2025, Irán ha vuelto a arder en la fiebre de las protestas generalizadas. Los cánticos de «Muerte al dictador» y «Muerte a Jamenei» han resonado en las calles de al menos 222 localidades de 78 ciudades en 26 provincias. Las protestas no solo son contra la pobreza, el alza de los precios, la inflación y el despojo, sino contra todo un sistema político podrido hasta la médula. La vida se ha vuelto insostenible para la mayoría, especialmente para la clase trabajadora, las mujeres, las personas lgbttqi+ y las minorías étnicas no persas. Esto se debe no solo a la caída libre de la moneda iraní tras la guerra de los doce días, sino también al colapso de los servicios sociales básicos, incluidos los repetidos cortes de electricidad; a la agudización de la crisis medioambiental (contaminación atmosférica, sequía, deforestación y mala gestión de los recursos hídricos); y a las ejecuciones masivas (al menos 2063 personas en 2025), todo lo cual se ha combinado para empeorar las condiciones de vida.
La crisis de reproducción social es el punto central de las protestas actuales, y su horizonte último es la reivindicación de la vida.
Este levantamiento es la quinta ola de una cadena de protestas que comenzó en diciembre de 2017 con el levantamiento conocido como la «Revuelta del Pan». Continuó con el sangriento levantamiento de noviembre de 2019, una explosión de ira pública contra la subida del precio del combustible y la injusticia. La revuelta de 2021 se conoció como el «levantamiento de los sedientos», iniciado y liderado por las minorías étnicas árabes. Esta ola alcanzó su punto álgido con el levantamiento «Mujer, Vida, Libertad» en 2022, que puso de relieve las luchas por la liberación de las mujeres y las luchas anticoloniales de naciones oprimidas como los kurdos y los baluchis, abriendo nuevos horizontes. El levantamiento actual vuelve a centrarse en la crisis de la reproducción social, esta vez en un terreno más radical y posbélico. Las protestas, que comienzan con reivindicaciones relacionadas con los medios de vida, pero con una rapidez sorprendente, se dirigen contra las estructuras de poder y la oligarquía gobernante corrupta.
II. Un levantamiento asediado por amenazas externas e internas
Las protestas que se están produciendo en Irán se ven asediadas por todas partes por amenazas tanto externas como internas. Solo un día antes del ataque imperialista de Estados Unidos contra Venezuela, Donald Trump, enarbolando el lenguaje del «apoyo a los manifestantes», lanzó una advertencia: si el Gobierno iraní «mata a manifestantes pacíficos, como es su costumbre, los Estados Unidos de América acudirán en su rescate. Estamos preparados y listos para actuar». Este es el guion más antiguo del imperialismo, que utiliza la retórica de «salvar vidas» para legitimar la guerra, ya sea en Irak o en Libia. Estados Unidos sigue hoy ese guion: solo en 2025, lanzó ataques militares directos contra siete países.
El genocida Gobierno israelí, que anteriormente había lanzado su asalto de doce días contra Irán bajo el slogan «Mujer, vida, libertad», ahora escribe en persa en las redes sociales: «Estamos con vosotros, manifestantes». Los monárquicos, como brazo local del sionismo, que asumieron la mancha y la vergüenza de apoyar a Israel durante la Guerra de los Doce Días, ahora intentan presentarse ante sus amos occidentales como la única alternativa. Lo han hecho mediante una representación selectiva y la manipulación de la realidad, lanzando una campaña online para apropiarse de las protestas, fabricar, distorsionar y alterar el sonido de las consignas callejeras a favor del monarquismo. Esto revela su engaño, sus ambiciones monopólicas, su poder mediático y, lo que es más importante, su debilidad dentro del país, ya que carecen de poder material en Irán. Con el eslogan «Make Iran Great Again» (Hagamos grande de nuevo a Irán), este grupo acogió con satisfacción la operación imperialista de Trump en Venezuela y ahora espera el secuestro de los líderes de la República Islámica por parte de sicarios estadounidenses e israelíes.
Y, por supuesto, están los campistas pseudoprogresistas —los autodenominados «antiimperialistas»— que maquillan la dictadura de la República Islámica proyectando una máscara antiimperialista sobre su fachada. Ponen en duda la legitimidad de las protestas actuales repitiendo la trillada acusación de que «un levantamiento en estas condiciones no es más que jugar en el campo del imperialismo», porque solo pueden leer a Irán a través del lente del conflicto geopolítico, como si toda revuelta fuera simplemente un proyecto estadounidense-israelí disfrazado. Al hacerlo, niegan la subjetividad política del pueblo iraní y otorgan a la República Islámica inmunidad discursiva y política mientras masacra y reprime a su propia población.
«Enojados con el imperialismo» pero «temerosos de la revolución» —por recordar la formulación fundacional de Amir Parviz Puyan—, su postura es una forma de antirreacción reaccionaria. Incluso se nos dice que no escribamos sobre las recientes protestas, asesinatos y represión en Irán en ningún idioma que no sea el persa en los foros internacionales, para no dar a los imperialistas un «pretexto», como si, más allá del persa, no hubiera personas en la región o en el mundo capaces de compartir destinos, experiencias, conexión y solidaridad en la lucha. Para los campistas, no hay otro sujeto que los gobiernos occidentales, ni otra realidad social que la geopolítica.
En oposición a estos enemigos, insistimos en la legitimidad de estas protestas, en la intersección de las opresiones y en el destino compartido de las luchas. La corriente monárquica reaccionaria se está expandiendo dentro de la oposición de extrema derecha iraní, y la amenaza imperialista contra el pueblo de Irán, incluido el peligro de una intervención extranjera, es real. Pero también lo es la furia del pueblo, forjada a lo largo de cuatro décadas de brutal represión, explotación y «colonialismo interno» del Estado contra las comunidades no persas.
No tenemos más remedio que afrontar estas contradicciones tal y como son. Lo que vemos hoy es una fuerza insurgente brotando de las profundidades del infierno social de Irán: personas que arriesgan sus vidas para sobrevivir, enfrentándose de lleno a la maquinaria de la represión.
No tenemos derecho a utilizar el pretexto de una amenaza externa para negar la violencia infligida a millones de personas en Irán, ni para negar el derecho a sublevarse contra ella.
Quienes salen a las calles están cansados de análisis abstractos, simplistas y condescendientes. Luchan desde dentro de las contradicciones: viven bajo sanciones y, al mismo tiempo, sufren el saqueo de una oligarquía nacional. Temen la guerra y temen la dictadura interna. Pero no se paralizan por el miedo. Insisten en ser sujetos activos de su propio destino y, al menos desde diciembre de 2017, su horizonte ya no es la reforma, sino la caída de la República Islámica.
III. La propagación de la revuelta
Las protestas se desencadenaron por la caída libre del rial, que estalló primero entre los comerciantes de la capital, especialmente en los mercados de teléfonos móviles y ordenadores, pero rápidamente se convirtieron en un levantamiento amplio y heterogéneo que atrajo a trabajadores asalariados, vendedores ambulantes, porteadores y trabajadores del sector servicios de toda la economía comerciante de Teherán. La revuelta pasó rápidamente de las calles de Teherán a las universidades y a otras ciudades, sobre todo a las más pequeñas, que se han convertido en el epicentro de esta ola de protestas.
Desde el primer momento, las consignas se dirigieron contra la República Islámica en su conjunto. Hoy en día, la revuelta está siendo impulsada sobre todo por los pobres y los desposeídos: jóvenes, desempleados, las poblaciones excedentarias, trabajadores precarios y los estudiantes.
Algunos han desestimado las protestas porque comenzaron en el Bazar (la economía comercial de Teherán), que a menudo se percibe como aliado del régimen y un símbolo del capitalismo comercial. Han tildado las protestas de «pequeñoburguesas» o «vinculadas al régimen». Este reflejo recuerda las primeras reacciones al movimiento de los chalecos amarillos de Francia en 2018: debido a que la revuelta surgió fuera de la clase trabajadora «tradicional» y de las redes de izquierda reconocidas, y debido a que llevaba consignas contradictorias, muchos se apresuraron a declararla condenada a ser reaccionaria.
Pero dónde comienza un levantamiento no determina hacia dónde se dirige. Su punto de partida no predetermina su trayectoria. Las actuales protestas en Irán podrían haber sido reavivadas por cualquier chispa, no solo por el Bazar. También en este caso, lo que comenzó en el Bazar se extendió rápidamente a los barrios pobres de las ciudades de todo el país.
IV. La geografía de la revuelta
Si el corazón palpitante de «Jin, Jiyan, Azadi» en 2022 latía en las regiones marginadas —Kurdistán y Baluchistán—, hoy en día las ciudades más pequeñas del oeste y el suroeste se han convertido en los núcleos centrales de las revueltas: Hamedan, Lorestán, Kohgiluyeh y Boyer-Ahmad, Kermanshah e Ilam. Las minorías lor, bakhtiari y lak de estas regiones están siendo doblemente aplastadas por las crisis superpuestas de la República Islámica: la presión de las sanciones y la sombra de la guerra, la represión y la explotación étnicas, y la destrucción ecológica que amenaza sus vidas, especialmente en Zagros. Se trata de la misma región en la que Mojahid Korkor (un manifestante Lor durante el levantamiento de Jina/Mahsa Amini) fue ejecutado por la República Islámica un día antes del ataque de Israel, y en la que Kian Pirfalak, un niño de nueve años, fue asesinado por balas reales disparadas por las fuerzas de seguridad durante el levantamiento de 2022.
Sin embargo, a diferencia del levantamiento de Jina, que desde el principio se expandió conscientemente a lo largo de líneas divisorias de género/sexualidad y etnia, el antagonismo de clase ha sido más explícito en las recientes protestas y, hasta ahora, su propagación ha seguido una lógica más basada en las masas.
Entre el 28 de diciembre y el 4 de enero de 2025, al menos 17 personas fueron asesinadas por las fuerzas represivas de la República Islámica con munición real y balas de goma, la mayoría de ellas lor (en sentido amplio, especialmente en Lorestán y Chaharmahal y Bakhtiari) y kurdas (especialmente en Ilam y Kermanshah). Cientos de personas han sido detenidas (al menos 580, entre ellas un mínimo de 70 menores) y decenas han resultado heridas. A medida que avanzan las protestas, la violencia policial se intensifica: en el séptimo día en Ilam, las fuerzas de seguridad irrumpieron en el hospital Imam-Khomeini para detener a los heridos; en Birjand, atacaron una residencia de estudiantes femenina. El número de muertos sigue aumentando a medida que se intensifica el levantamiento, y las cifras reales son sin duda superiores a las anunciadas.
La distribución de esta violencia es desigual, por supuesto: la represión es más dura en las ciudades más pequeñas, especialmente en las comunidades marginadas y minoritarias que han sido empujadas a la periferia. Las sangrientas matanzas de Malekshahi en Ilam y Jafarabad en Kermanshah son testimonio de esta disparidad estructural en la opresión y la represión.
En el cuarto día de protestas, el Gobierno, en coordinación con todas las instituciones, anunció cierres generalizados en 23 provincias con el pretexto del «frío» o la «escasez de energía». En realidad, se trataba de un intento de romper los circuitos a través de los cuales se propaga la revuelta: el Bazar, la universidad, la calle. Paralelamente, las universidades pasaron cada vez más a impartir las clases en línea para cortar los vínculos horizontales entre los espacios de resistencia.
V. El impacto de la Guerra de los Doce Días
Tras la Guerra de los Doce Días, el poder gobernante de Irán, en un intento por compensar el colapso de su autoridad, ha recurrido de forma más abierta a la violencia. Los ataques de Israel contra instalaciones militares y civiles iraníes han militarizado y securitizado aún más el espacio político y social, especialmente a través de la campaña racista de deportación masiva de inmigrantes afganos. Y mientras el Estado habla sin descanso en nombre de la «seguridad nacional», se ha convertido en sí mismo en un productor central de inseguridad: una inseguridad de vida intensificada a través de un aumento sin precedentes de las ejecuciones, el maltrato sistémico de los presos y una inseguridad económica intensificada a través de la brutal reducción de los medios de vida de la población.
La Guerra de los Doce Días, seguida de la intensificación de las sanciones de Estados Unidos y la Unión Europea y la activación del mecanismo de restablecimiento de sanciones del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, aumentó la presión sobre los ingresos petroleros, la banca y el sector financiero, ahogando la entrada de divisas y agravando la crisis presupuestaria.
Desde el 24 de junio de 2025, cuando terminó la guerra, hasta la noche en que estallaron las primeras protestas en el Bazar de Teherán el 18 de diciembre, el rial perdió alrededor del 40 % de su valor. No se trató de una fluctuación «natural» del mercado. Fue el resultado combinado de la escalada de sanciones y el esfuerzo deliberado de la República Islámica por trasladar los efectos de la crisis de arriba hacia abajo mediante la devaluación controlada de la moneda nacional.
Las sanciones deben condenarse incondicionalmente. Sin embargo, en el Irán actual, también funcionan como un instrumento interno de poder de clase. Las divisas extranjeras se concentran cada vez más en manos de una oligarquía militar y de seguridad que se beneficia de la evasión de sanciones y del opaco comercio petrolero. Los ingresos por exportaciones están efectivamente secuestrados y solo se liberan en la economía formal en momentos seleccionados y a tipos manipulados. Incluso cuando aumentan las ventas de petróleo, los ingresos circulan dentro de instituciones cuasi estatales y un «Estado paralelo» (sobre todo el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica), en lugar de entrar en la vida cotidiana de la población.
Para cubrir el déficit producido por la caída de los ingresos y el bloqueo de los rendimientos, el Estado recurre a la eliminación de subsidios y a la austeridad. En este marco, la repentina caída del rial se convierte en una herramienta fiscal: obliga a la moneda «secuestrada» a volver a circular en los términos del Estado y amplía rápidamente los recursos en riales del Gobierno, ya que el propio Estado es uno de los mayores poseedores de dólares. El resultado es una extracción directa de los ingresos de las clases bajas y medias, y la transferencia de los beneficios de la elusión de las sanciones y la renta monetaria a una minoría reducida, profundizando la división de clases, la inestabilidad de los medios de vida y la ira social. En otras palabras, los costes de las sanciones los pagan directamente las clases bajas y la clase media, cada vez más reducida.
Así, el colapso de la moneda nacional debe entenderse como un saqueo organizado por el Estado en una economía devastada por la guerra y estrangulada por las sanciones: una manipulación deliberada del tipo de cambio en favor de las redes de intermediación vinculadas a la oligarquía gobernante, al servicio de un Estado que ha convertido la liberalización neoliberal de los precios en una doctrina sagrada.
Los campistas de pseudoizquierda reducen la crisis a las sanciones estadounidenses y la hegemonía del dólar, borrando el papel de la clase dominante de la República Islámica como agente activo del despojo y la acumulación financiarizada. Los campistas de derecha, generalmente alineados con el imperialismo occidental, culpan únicamente a la República Islámica y consideran irrelevantes las sanciones. Estas posiciones se espejan entre sí, y cada bando tiene claros intereses en adoptarlas. En contra de ambos, insistimos en reconocer el entrelazamiento del saqueo y la explotación global y local. Sí, las sanciones devastan la vida de las personas —a través de la escasez de medicamentos, la falta de piezas industriales, el desempleo y la erosión psicológica—, pero la carga se socializa sobre el pueblo, no sobre la oligarquía militar-securitaria que amasa una enorme riqueza controlando los circuitos informales de la moneda y el petróleo.
VI. Las contradicciones
En las calles se escuchan consignas contradictorias, desde llamamientos a derrocar la República Islámica hasta nostálgicos llamamientos a la monarquía. Al mismo tiempo, los estudiantes corean consignas dirigidas tanto contra el despotismo de la República Islámica como contra la autocracia monárquica. Las consignas a favor del Sha y de Pahlavi reflejan contradicciones reales sobre el terreno, pero también se amplifican y se fabrican a través de las distorsiones de los medios de comunicación derechistas, incluida la vergonzosa sustitución de la voz de los manifestantes por consignas monárquicas. El principal responsable de la manipulación mediática es Iran International, que se ha convertido en un megáfono de la propaganda sionista y monárquica. Según se informa, su presupuesto anual ronda los 250 millones de dólares, financiados por personas e instituciones vinculadas a los gobiernos de Arabia Saudí e Israel.
Durante la última década, la geografía de Irán se ha convertido en un campo de tensión entre dos horizontes sociopolíticos, mediados por dos modelos diferentes de organización contra la República Islámica. Por un lado, se encuentra la organización social concreta e integrada a lo largo de las líneas divisorias de clase, género/sexualidad y etnia, que se manifiesta de forma más vívida en las redes interconectadas forjadas durante el levantamiento de Jina en 2022, que se extienden desde la prisión de Evin hasta la diáspora y producen una unidad sin precedentes entre diversas fuerzas, desde las mujeres hasta las minorías étnicas kurdas y baluchis, que se oponen a la dictadura al tiempo que plantean horizontes feministas y anticolonialistas. Por otro lado, se encuentra una movilización populista presentada como una «revolución nacional», cuyo objetivo es producir una masa homogénea de individuos atomizados a través de las cadenas de televisión satelital. Respaldado por Israel y Arabia Saudí, este proyecto busca reunir un cuerpo cuya «cabeza» —el hijo del derrocado Sha— pueda ser posteriormente insertada desde fuera, con una intervención respaldada por potencias extranjeras, e implantada en él. Durante la última década, los monárquicos, armados con un enorme poder mediático, han empujado a la opinión pública hacia un nacionalismo extremo y racista, profundizando las divisiones étnicas y fragmentando la imaginación política de los pueblos de Irán.
El crecimiento de esta corriente en los últimos años no es un signo del «atraso» político del pueblo, sino el resultado de la falta de una amplia organización de izquierda y de poder mediático para producir un discurso alternativo contrahegemónico, una ausencia y debilidad producidas en parte por la represión y la asfixia, que abrieron espacio para este populismo reaccionario. En ausencia de una narrativa poderosa por parte de las fuerzas de izquierda, democráticas y no nacionalistas, incluso consignas e ideales universales como la libertad, la justicia y los derechos de las mujeres pueden ser fácilmente apropiados por los monárquicos y vendidos al pueblo bajo una apariencia progresista que esconde un núcleo autoritario. En algunos casos, esto se presenta incluso con un vocabulario socialista: es precisamente aquí donde la extrema derecha también devora el terreno de la economía política.
Al mismo tiempo, a medida que se intensifica el antagonismo con la República Islámica, también se han intensificado las tensiones entre estos dos horizontes y modelos; hoy en día, esta división se puede ver en la distribución geográfica de las consignas de protesta. Dado que el proyecto del «regreso de Pahlavi» representa un horizonte patriarcal basado en el etnonacionalismo persa y una orientación profundamente derechista, en los lugares donde ha surgido la organización popular de trabajadores y feministas —en las universidades y en las regiones kurda, árabe, baluchi, turcomana, árabe y turca— los eslóganes a favor de la monarquía están en gran medida ausentes y a menudo provocan reacciones negativas. Esta situación contradictoria ha dado lugar a diversas formas de malentendidos sobre el reciente levantamiento.
VII. El horizonte
Irán se encuentra en un momento histórico decisivo. La República Islámica se encuentra en una de sus posiciones más débiles de la historia: a nivel internacional, tras el 7 de octubre de 2023 y el debilitamiento del llamado «Eje de la Resistencia», y a nivel interno, tras años de repetidas insurgencias y levantamientos. El futuro de esta nueva ola sigue siendo incierto, pero la magnitud de la crisis y la profundidad del descontento popular garantizan que en cualquier momento pueda estallar otra oleada de protestas. Aunque se reprima el levantamiento actual, volverá a producirse. En esta coyuntura, cualquier intervención militar o imperial sólo puede debilitar la lucha desde abajo y reforzar la mano de la República Islámica para llevar a cabo la represión.
Durante la última década, la sociedad iraní ha estado reinventando la acción política colectiva desde abajo. Desde Baluchistán y Kurdistán en el levantamiento de Jina hasta ciudades más pequeñas en Lorestán e Isfahán en la actual ola de protestas, la agencia política —sin ninguna representación oficial desde arriba— se ha trasladado a las calles, a los comités de huelga y a las redes locales e informales. A pesar de la brutal represión, estas capacidades y conexiones siguen vivas dentro de la sociedad; su habilidad para volver y cristalizarse en poder político persiste. Pero la acumulación de ira no es lo único que determinará su continuidad y dirección. La posibilidad de construir un horizonte político independiente y una alternativa real también resultará decisiva.
Este horizonte se enfrenta a dos amenazas paralelas. Por un lado, puede ser apropiado o marginado por fuerzas de derecha con sede fuera del país, fuerzas que instrumentalizan el sufrimiento de la población para justificar sanciones, guerras o intervenciones militares. Por otro lado, algunos segmentos de la clase dominante —ya sean facciones militares y de seguridad o corrientes reformistas— están trabajando entre bastidores para promocionarse ante Occidente como una opción «más racional», «más barata» y «más confiable»: una alternativa interna desde dentro de la República Islámica, no para romper con el orden de dominación existente, sino para reconfigurarlo bajo una cara diferente. (Donald Trump pretende hacer algo similar en Venezuela, doblando a elementos del gobierno gobernante a su voluntad en lugar de provocar un cambio de gobierno). Se trata de un frío cálculo de gestión de crisis: contener la ira social, recalibrar las tensiones con las potencias mundiales y reproducir un orden en el que se niega a los pueblos la autodeterminación.
Frente a estas dos corrientes, el resurgimiento de una política internacionalista de liberación es más necesario que nunca. No se trata de una «tercera vía» abstracta, sino del compromiso de situar las luchas populares en el centro del análisis y la acción: la organización desde abajo en lugar de los guiones escritos desde arriba por líderes autoproclamados, en lugar de falsas oposiciones fabricadas desde fuera. Hoy en día, el internacionalismo significa mantener unidos el derecho de los pueblos a la autodeterminación y la obligación de luchar contra todas las formas de dominación, tanto internas como externas. Un verdadero bloque internacionalista debe construirse a partir de la experiencia vivida, las solidaridades concretas y las facultades independientes.
Esto requiere la participación activa de las fuerzas de izquierda, feministas, anticolonialistas, ecologistas y democráticas en la construcción de una organización amplia y clasista dentro de la ola de protestas, tanto para recuperar la vida como para abrir horizontes alternativos de reproducción social. Al mismo tiempo, esta organización debe situarse en continuidad con el horizonte liberador de luchas anteriores, y específicamente con el movimiento «Jin, Jiyan, Azadi», cuya energía aún tiene el potencial de desbaratar, de un solo golpe, los discursos de la República Islámica, los monárquicos, el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica y aquellos antiguos reformistas que ahora sueñan con una transición controlada y la reintegración en los ciclos de acumulación estadounidense-israelíes en la región.
Este es también un momento decisivo para la diáspora iraní: puede ayudar a redefinir una política de liberación o puede reproducir la agotada dicotomía entre «despotismo interno» e «intervención extranjera» y, con ello, prolongar el callejón sin salida político. En este contexto, es necesario que las fuerzas de la diáspora den pasos hacia la formación de un verdadero bloque político internacionalista, que marque líneas claras contra el despotismo interno y la dominación imperialista. Esta postura vincula la oposición a la intervención imperialista con una ruptura explícita con la República Islámica, rechazando cualquier justificación de la represión en nombre de la lucha contra un enemigo externo.
La mirada desde Siria
Este es un extracto de una declaración de internacionalistas anarquistas en el territorio en el norte de Siria.
Irán es un actor importante en la geopolítica de Oriente Medio. Su influencia también tuvo un fuerte impacto en Siria durante la era de Assad. Las rutas de contrabando y otras rutas de transporte pasaban por Siria, abasteciendo a Hezbolá. Tras la caída del régimen de Assad, Irán fue expulsado de Siria y, en general, ha perdido su antiguo poder en la región. Los daños sufridos durante los ataques israelíes en junio de 2025 se convirtieron en otro factor que afectó a la situación de la República Islámica.
Las protestas han estallado regularmente en Irán. Las protestas de 2022 bajo el lema «Mujer, vida, libertad» son famosas en todo el mundo. Al igual que entonces, las protestas se extendieron por todo el país. El descontento de la población se extendió debido a factores económicos —la inflación, el aumento de los precios y la pobreza—, pero finalmente llegó a pedir el derrocamiento del régimen. Los manifestantes se enfrentan a la policía en las calles y algunos han resultado muertos y heridos.
Durante la escalada entre Israel e Irán en 2025, un detalle interesante a destacar fueron las declaraciones de Netanyahu y Trump sobre la desestabilización intencionada de Irán con el objetivo del cambio de régimen. Se trata de un enfoque bastante habitual de Estados Unidos hacia los gobiernos «inconvenientes» en las regiones de su interés: allanar el camino para políticos más colaboradores, como intentaron hacer en Afganistán. Durante la última escalada de la guerra entre Israel e Irán, corrieron rumores de que ya existía una figura gobernante «democrática» provisional, respaldada y preparada por Estados Unidos. Aunque esta información no se ha confirmado, podemos imaginar que podría ser cierta, teniendo en cuenta los métodos de Estados Unidos en otros casos (por ejemplo, el reciente secuestro del presidente venezolano). En este contexto, queda claro el significado de la intención declarada de Trump de acudir en ayuda de los manifestantes iraníes si Irán «mata cruelmente a los manifestantes pacíficos, como suele hacer».
El Kurdistán iraní, Rojhilat, es una de las regiones rebeldes de Irán. Sus intentos de declarar la autonomía no han tenido éxito durante décadas, pero la lucha guerrillera en el territorio de Irán continúa. El PJAK (Partido de la Vida Libre del Kurdistán) ha apoyado a los manifestantes y ha condenado de nuevo al régimen actual.
El movimiento de liberación kurdo lucha por la libertad no solo en Siria o Turquía. Las noticias de Rojhilat ocupan los titulares con menos frecuencia, pero la situación en Irán es especialmente difícil para la lucha de liberación. Las fuerzas del PJAK incluyen un ala armada femenina, lo que es especialmente importante en el contexto de una dictadura que ejerce una «policía de la moral» sobre la población y, como es habitual, perjudica a los grupos más vulnerables, incluidas las mujeres.
La inestabilidad en Teherán podría ser beneficiosa para la región kurda y debilitar las alianzas imperialistas del eje Rusia-Irán-China. Sin embargo, un gobierno títere instalado por Estados Unidos, Israel o cualquier otro país no resolverá la cuestión kurda en Irán. Además, abordar la cuestión kurda en un marco imperialista neoliberal no puede proporcionar una solución verdadera para un Oriente Medio multiétnico y multirreligioso. El confederalismo democrático, que ya está siendo aplicado en el noreste de Siria por el Partido de la Unión Democrática (Partiya Yekîtiya Demokrat, PYD) y defendido por el PJAK en Rojhilat, ofrece una opción mucho más prometedora para lograr la paz.
Apéndice: Lecturas recomendadas
- Iran: Trabajo precario significa vida precaria — Cómo el desastre del puerto de Rajaee ejemplifica el ataque a las minorías étnicas baluch
- «Mujeres, vida, libertad» contra la guerra — Declaración contra el genocidio de Israel y la represiva República Islámica
- Contra el apartheid y la tiranía — Por la liberación de Palestina y de todos los pueblos de Oriente Medio - Declaración de exiliadas iraníes
- “Jin, Jiyan, Azadi” (Mujer, Vida, Libertad): la genealogía de un eslogan
- Revuelta en Irán — La resurrección feminista y el principio del fin del régimen
- «Hay una cantidad infinita de esperanza… pero no para nosotros» — Una entrevista sobre la pandemia, la crisis económica, la represión y la resistencia en Irán
- Contra todas las guerras, contra todos los gobiernos — Comprendiendo la guerra Estados Unidos-Irán




